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Donde nuestros padres decidieron vivir. Donde
nacimos los hijos. Donde la inmensidad nos hace sentir grandes y
no pequeños. Donde el viento nos pega, pero trae nuevos aires. Donde
las dificultades de comunicación nos obligan a profundizar, conocernos
y comunicarnos mejor.
Dependiendo del agua. Con todo el tiempo y sin
relojes. Sin límites pero con mil limitaciones. Con el clima dictando
la agenda.
Con la mágica sensación de lo logrado. Con la
estimulante sensación del todo por hacer. Con la enorme sensación
de libertad que se respira en la estepa al mirar el horizonte. Un
horizonte que cada vez es más grande y que se mueve junto a los
guanacos, sus chulengos y su gente.
Joaquín Chechile
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